BRÚJULA

Pronóstico reservado


¿Quién gana la Copa América de la corrupción? es la pregunta que plantea Perdimos. Son historias que dibujan el mapa de una oscura realidad en la región


Ortiz (izq.)y Fonseca, en la presentación del libro en Ateneo
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11/05/2019

Perdimos. Pero, ¿igual nos divertimos? No. Aunque a algunos no les duró, la diversión fue de ellos, de los protagonistas de un torneo continental ficticio en el que se disputa el trofeo del país más corrupto. Una alcaldesa española que pagó viajes millonarios a los habitantes de su pueblo, que vivían literalmente, del aire. Un notario ecuatoriano, que engañó a políticos, militares y civiles, pero nadie lo acusó mientras duró su dinero fácil.

Un vicepresidente argentino, que compró la imprenta que produce los billetes del país y la frescura de Ramón Fonseca, el hombre que dice que Panamá Papers fue un ataque a la soberanía de su país, son algunos de los actores de Perdimos ¿Quién gana la Copa América de la corrupción? (Planeta, 2019) Este compendio de crónicas es resultado de una inquietud del periodista argentino Martín Caparrós, que un buen día visitó a su compatriota y colega Diego Fonseca y le dijo que tenía ganas de hacer un libro sobre corrupción. La idea devino en una suerte de campeonato en el que el mejor es el peor de todos. La referencia futbolera no es casualidad.

En un año en el que se juega el torneo de selecciones más antiguo del mundo, dos enfermos por el fútbol, además de atinados analistas del deporte más popular, se atreven a plantear esta especie de juego a los lectores de una obra que ha convocado un variopinto grupo de periodistas, entre autores de no ficción, consagrados, nuevos y autores de ficción, quienes narran historias de gente muy corrupta en sus respectivos países.



Fonseca estuvo esta semana en Santa Cruz. Aparte de dar un taller sobre cobertura política y una clínica de edición, el jueves presentó el libro en Ateneo, junto con Pablo Ortiz, autor del capítulo dedicado a Bolivia. Los demás autores que participan del trabajo son Antonio Ortuño, Mirja Valdés, Carlos Manuel Álvarez, Carlos Dada, Ana Teresa Toro, Alberto Arce, Amalia Morales, Álvaro Murillo, Sol Lauría, Milagros Socorro, Alberto Salcedo Ramos, Carol Pires, José María León, David Hidalgo, Carlos Tromben, Hugo Alconada, Mayte de León, Sergio del Molino y Omar Rincón. Fonseca conversó con Brújula.

_¿Qué permite la crónica para el tipo de temática que plantea Perdimos?
Queríamos contar historias, algo que la crónica nos permite, a diferencia del periodismo de investigación, que demanda en la construcción hacer una distribución equitativa de las fuentes, explicar de dónde viene tal o cual dato. En este caso, trabajar sobre la crónica es solo tener claro de dónde viene la información, no necesariamente citando fuentes. En algunos casos algunos autores pusieron fuentes diversas. Lo importante es que la historia pudiera ser contada sin que la atribución per se pudiera afectar a la fluidez del detalle en el texto.

_¿Qué elementos en común tienen las historias?

Algo que yo noté en todos los textos es que se repiten ciertos parámetros.

El básico es un entre o trabajador del sector privado que intenta sacar provecho de su posición y encuentra del otro lado a un funcionario pú- blico que también intenta sacar provecho de su posición. En ambos casos hay el abuso de la oficina pública para un uso privado. Eso está en todos los casos en mayor o menor medida. Digamos, es la definición clásica de corrupción.



Lo otro que se nota es que hay superestructuras operando desde aparatos del Estado, que cuentan con cobertura por parte de funcionarios mayores. En otras ocasiones lo que hay son actos privados que operan y logran relativamente capturar una porción del sector público. También hay casos de cooperaciones entre el sector privado y el sector público para obtener beneficios mutuos en perjuicio de las mayorías.

Resulta inevitable mencionar el caso Odebrecht…
Sin duda. El caso de Odebrecht es la estrategia más clara de corrupción sistemática implementada por un actor privado, no solo en un país sino en una serie de países, para tratar de obtener beneficios multimillonarios. Y que opera sobre, curiosamente, el deseo de políticos que se supone que eran políticos progresistas, que tenían un estándar o una autoridad moral mucho más elevada que los históricos políticos de la derecha conservadora, que se han corrompido en varios países.

¿El suicidio de un expresidente involucrado incrementa el nivel del escándalo?
No creo que se pueda extrapolar. La decisión de Alan García fue totalmente personal y tiene que ver con el modo en que entiende su lugar en la política. La autoconcepción que él tenía como individuo y como sujeto histórico. García se mata con la intención de dejar escrito en la historia de que era un hombre de honor. Hasta que llegó el momento de las acusaciones finales que lo rodearon, él defendió que no había hecho nada

¿Cuál es la palabra para definir el caso Odebrecht?
Impunidad. Odebrecht hizo lo que quiso, porque las estructuras de poder que había en los países le permitieron hacerlo. Solo que se introduce un elemento anómalo, que ya ha operado en otras instituciones, el cual es la justicia de Estados Unidos, la cual actuó también en el caso FIFA, una federación que es un planeta aparte, con sus propias reglas y su propia ley de gravedad, que no se imaginaba que un día iba a ser investigada por la justicia de Estados Unidos.

Así se logró desmontar una estructura corrupta muy grande. Lo mismo pasó con el caso Marcelo Odebrecht. Impunidad es un nombre de fuego. La corrupción suele desvelarse cuando un miembro del entramado abre la boca y empieza a mostrar cómo ese entramado fue construido por fuera de la auscultación pública.



¿Cuál es la forma de corrupción que más hace daño?
Es difícil afirmarlo en términos generales. Pero yo diría que cuando la corrupción opera sobre áreas sensibles, por ejemplo, educación y salud, me parece que hace más daño.

Un caso que retrata esto es narrado desde México por Antonio Ortuño. Habla de Javier Duarte, el exgobernador de Veracruz, que, en lugar de haber peleado por los recursos que disponía para comprar medicamentos para niños con riesgo de muerte por enfermedad, usaba placebos hechos con agua. Lo que pone en riesgo la vida de las personas, obviamente, nos afecta de un modo mayor.

Es visible, es sensible. Sin embargo, cuando hay un fenómeno de corrupción en el que los robos operan sobre proyectos de infraestructura, no ves el daño inmediato. Pero, finalmente, también tiene un impacto sobre la sociedad. A largo plazo, el mayor impacto tiene que ver con la confianza en la sociedad y las instituciones públicas. Si ves que, sistemáticamente, un Gobierno tras otro acaba con funcionarios corruptos que son liberados al poco tiempo, lo que tenemos es una serie de actores políticos con los cuales ya no se puede contar. Cuando se genera esa brecha, es muy difícil sostener que la gente crea en la democracia representativa.

¿Qué determina que en algunos países se procese y envíe a la cárcel a altas autoridades, mientras que en otros no se las toca, ni siquiera se las convoca a declarar?
Una mayor o menor independencia de la justicia. La justicia peruana ha sido el caso más sintomático, con cinco presidentes procesados o en prisión. En su momento, la justicia brasileña experimentó lo mismo. Salió empoderada a trabajar, curiosamente desde los tiempos en que Lula era presidente. Él facilitó que la justicia lo hiciera. Me resulta llamativo y al mismo tiempo positivo, que aquellos jueces que empezaron en tu propio Gobierno sean al final los que te terminen por juzgar. Eso es una muestra de cierta independencia. La sociedad encuentra más cercanía con una justicia que hace su trabajo.

¿Cómo definís el trabajo de Pablo Ortiz, basado en el caso de Jacob Ostreicher?
Pablo hizo un trabajo enorme. Creo que le faltó mencionar a tres personas de Bolivia para tener mapeado todos los casos de corrupción del país. Es lo que los gringos le dicen larger tan life, es más grande que la realidad. Fue abarcativo, reticular, podía tocar a cada uno de los personajes de la historia y se abría un nuevo caso de corrupción a investigar o una sospecha posible. Lo que me gustó fue que tenía la capacidad de encapsular dentro de una historia una estructura corrupta de operación, un mecanismo de encubrimiento por parte del Estado y algo que tienen que tener las grandes historias: gancho, atractivo y acción. Si lo miras desde la parte narrativa y desde los nombres: Sean Penn, Mark Wahlberg, Robert Downey Jr., Evo Morales y Charlize Theron, eso ya es una película.



 




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